1. Clara y el ataque de las papas fritas

Clara Guevara

—¡Quiero papas fritas! –gritó Clara para sí misma, y continuó–: ¡Ya no aguanto más!

Desde que Clara empezó a comer más sano, por Glúcar, no había probado ni una sola papa frita desde hacía varios meses, y estaba desesperada.

—¡Ya sé qué hacer! –pensó, y se fue directo a la cafetería de su escuela en el recreo de la mañana.  Allí vio las más crujientes y doraditas papas fritas que hubiera podido imaginar, o, ¿sería una alucinación? Revisó el dinero que tenía para su merienda y se dio cuenta que era suficiente para comprar una bolsita pequeña de esas atractivas papitas fritas.

—¡Por favor, tené cuidado! –la voz de Glúcar se oyó dentro de su cuerpo, y añadió–: Se ven crueles… y ¡parece que fueron hechas con aceite perverso!

—Ay, ¡por favor hacé silencio Glúcar! –respondió Clara sin pensar en consecuencias, y compró las deseadas papas maravillosas.

En menos de un minuto, se las terminó todas sin planear cómo hacerlas amigables para Glúcar.  Inmediatamente después, se puso un poco de insulina y dijo: —Ves Glúcar, no tenías que preocuparte por nada.

Ese día Clara no jugó fútbol, y en la tarde empezó a sentirse un poco lenta.  Entonces oyó un grito en su estómago: —¡Arrr! ahora sí, compañeras… ¡al ataque! ¡Arrr! –y un griterío de guerreras papas francesas respondió como un enorme grupo de furiosos y combativos piratas–: ¡Ey! ¡Ey! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Clara sintió que las grasosas papas subían a Glúcar a niveles altos, muy altos.  Entonces la oyó gritar: —¡Te lo advertí! –mientras empezaba un intenso combate entre Glúcar y las papas fritas.

La niña podía oír claramente, dentro de ella, los “auches” “arrrs” “yipis” “eys”, y entre más intensa la batalla se ponía, más cansada y pesada la pobre se sentía.

—Está bien, está bien Glúcar… tenías razón, ¿qué puedo hacer para ayudarte? –dijo Clara finalmente.

—¡Ya era hora señorita! –respondió Glúcar a gritos, y agregó–: Revisá tu nivel de azúcar, apuesto que está muy alto a causa de este ataque de papas fritas, y luego ponete insulina para bajarlo y así ¡terminar con esta batalla de una sola vez!

Clara siguió las órdenes de Glúgar y cuanto la batalla hubo terminado, se hechó a llorar.  Glúcar le dijo entonces: —Clara, no llorés.  ¡Hiciste un trabajo excelente! ¡Me ayudaste mucho finalmente!

—Pero, pero… ¡nunca voy a poder comer papas fritas! –Clara respondió lloriqueando, con miles de lágrimas en sus ojos.

—¡No! –dijo Glúcar– ¡eso no es cierto! Por supuesto que podrás comer esas terribles pero deliciosas papitas de vez en cuando si lo hacés de modo adecuado revisando tu nivel de azúcar unas horas después y, si estuviera muy alto, recurrir a nuestra buena amiga la insulina.

—¡Ay! ¡Eso es verdad! –gritó una derrotada papita frita, y Clara finalmente sonrió.

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