5. Clara y el misterio de los quequitos

Clara Guevara

—¡Los quequitos han desaparecido de la mesa! –gritó Rosa con pánico–.  ¿Qué vamos a hacer? ¡La fiesta ni siquiera ha empezado! Oooh… ¡qué desastre!

Los demás niños dejaron las decoraciones y corrieron al comedor, donde habían puesto los quequitos. Todos estaban preparando una fiesta sorpresa para Silvia, quien cumplía 11 años.

—Qué raro… –dijo Clara–, la última vez que pasé por aquí los ví muy lindos, tentadores, y bien puestitos en la mesa.

—Eh Beatriz, ¿tenés fantasmas en tu casa? –Tomás guiñó un ojo.

—¡No digás tonterías!… bien sabés que los fantasmas no existen. Además, ¡estamos en medio de una crisis para estar diciendo chistes! –dijo Beatriz enojada.

—¿Alguno de utedes escondió los quequitos? –Carlos miró a todos–.  Si alguno lo hizo, les cuento que no es una broma muy buena en estos momentos.

Cuando Beatriz, Tomás, Clara, Alexander y Rosa sacudieron negativamente su cabeza, Carlos volvió a hablar: —Señoras y señores, tenemos entonces aquí un caso que resolver de quequitos desaparecidos…

—¡Qué emoción! ¡Nunca creí que me fuera a covertir en una detective! –expresó Glúcar muy animada dentro del cuerpo de Clara.

—Beatriz… –Rosa se asustó–, ¿no es que habías dicho que no existen fantasmas en tu casa? Sin embargo, ¿qué fue eso?

—Ay Rosa, ¡no le pongás atención a ESO! –dijo Clara–. Es simplemente Glúcar Azúcar, mi diabetes… un cuento muy largo de contar ahora.

—¡Yo la he escuchado anteriormente! –Tomás se hinchó de orgullo–, ¡en la cafetería de la escuela!

—Muchos de nosotros la hemos oido también… –manifestó Alexander.

Una vez que terminaron de hablar, todos los niños, con la excepción de Alexander, se dedicaron a la tarea de buscar los quequitos por toda la casa… ¡inclusive indagaron en la bañera!

—Eh Alexander, ¿porqué estás descansando en el sillón? ¡No es el mejor momento para hacerlo! –Tomás se enojó.

—Uf, tengo alergia a la humedad de esta casa, lo que me hace sentir muy cansado… –respondió Alexander miserablemente.

De repente, Rosa gritó desde el patio trasero:  —¡Vengan aquí! ¡Los encontré! ¡Están en el basurero de la casa!

—¿En el basurero de la casa? –repitieron todos, muy confundidos.

Una vez que volvieron dentro de la casa, los niños se reunieron en la sala para hablar sobre lo que debían hacer con respecto a los quequitos. Cuando de repente, escucharon un lloriqueo que venía de una esquina.

—¿Quién más está aquí? –preguntó Carlos.

—Ah, se me olvidó decirles que Julia, mi hermana menor, quería ayudar con la fiesta sorpresa –explicó Beatriz.

—¡Adoro a Julia! –exclamó Clara–.  Eh Julia, vení aquí, ¿porqué estás llorando? ¿Nos podrías ayudar con la fiesta?

—¡No puedo! –se apareció llorando–, ¡yo fui la que tiré los quequitos en el basurero!

—Ay Julia… ¡voy inmediatemente a contarle a mamá y papá lo que has hecho! –Beatriz se enojó.

—¡Ups! –dijo Glúcar.

—¿Porqué hiciste eso, Julia? –preguntó Clara

—Yo te quiero mucho Clara… –sollozó Julia–, y desde que conocí a tu Glúcar Azúcar el otro día, ¡decidí que te iba ayudar ya que ella es muy pilla! He escuchado que personas que viven con diabetes no deben comer dulces y chocolate, ¡y esos quequitos tenían mucho de eso!

—Entonces, querés a Clara pero no a mí –protestó Glúcar–, ¡eso no es justo! ¡yo soy preciosa!

—Hacé silencio Glúcar –la regañó Clara, y luego dijo–: Julia, ¡estoy muy agradecida de que me querás ayudar! Mi hermanito también trata de ayudarme de vez en cuando.  Sin embargo, dejame contarte algo que aprendí: ¡puedo comer dulces y chocolate siempre y cuando me ponga la insulina necesaria para los mismos! Y también aprendí que debo comer alimentos más saludables la mayor parte del tiempo y hacer ejercicio, por mi propio bien.  Pero, ¿no debería todo el mundo hacer eso también?

—¡Sí! –respondió Julia con una sonrisa en su cara.

Unos momentos después, y como tenían poco tiempo antes de que la fiesta empezara, el papá de Beatriz y Julia fue a comprar quequitos.  Todo el mundo la pasó muy bien en la fiesta… excepto…

­—¡No puedo creer que tenga tan mala reputación con la gente! –murmuró Glúcar para sí misma–. ¡No se dan cuenta de que por lo menos estoy ayudando a Clara a crecer personalmente!

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